Ciudad de México 8 de Agosto.-En mi trabajo secular tuve que participar en muchos cursos de capacitación de liderazgo, de supervisión, de administración de personal, en fin, en muchos cursos sobre manejo de personas, y una de las cosas que más se hace hincapié es que tenemos que valorar a las personas puestas a nuestro cuidado, obviamente no se trata de sobredimensionar sus capacidades, sino de aprovechar el potencial existente en cada uno de ellos; considerando que todos son diferentes entre sí, que todos tienen diferentes aptitudes, que todos tienen diferentes formas de enfrentar la misma situación, que todos tienen algo que aportar, que todos tienen capacidades diferentes, unos menos que otros, pero no por eso menos importantes ni menos digno de destacar.
Dios nos creó a todos diferentes, y a cada uno de nosotros nos ha dado también dones y habilidades diferentes.
En el caso de nuestros músicos y cantores no sabemos en realidad cuál es la proyección que Dios tiene para cada uno de ellos, pero una cosa sí es irrefutable: fueron elegidos por Él y puestos bajo nuestra dirección.
Nunca subestime la labor de ningún músico ni cantor, la gente del mundo puede darse ese lujo, nosotros no; nosotros trabajamos con personas que han dispuesto sus talentos, sus dones y su vida entera en manos del Altísimo, son personas que han dicho "Heme aquí Señor", son personas que están dispuestas a obedecer la voluntad de Dios bajo nuestra dirección, por lo cual lo primero que debemos hacer es vernos a nosotros mismos como el canal por el cual la voluntad de Dios se hace manifiesta a quienes deseen cumplir su voluntad, debemos vernos como el reflejo fiel de lo que Dios espera de cada uno de nosotros, debemos vislumbrar en nuestra vida el futuro que Dios nos depara, debemos ser lo suficientemente capaces de enfrentar con sabia determinación las batallas ya ganadas por nuestro Dios y tener la certeza de que lo que hacemos no es pasajero, ni es para llenar un espacio en el tiempo, sino que es el poder de su fuerza puesto en nosotros, poder para guerrear, poder para vencer, y poder para declarar la victoria de nuestro Señor y Salvador Jesucristo ganada desde antes de la fundación del mundo.
¿Recuerda usted cuántas veces alguien le ha dicho: "Dios tiene cosas grandes para ti" ó "Dios te ha llamado para cosas grandes"?, creo que todos nosotros lo hemos escuchado, pero ¿cuántos lo hemos creído?, ¿será que por el hecho de haberlo escuchado tantas veces, lo desechamos?.
Dios ha puesto en nuestras manos el futuro de la alabanza y adoración celestial, y eso no es poca cosa, ¡estamos hablando de cosas grandes!, ¡grandes y maravillosas!.
"Pero hermano -usted dirá- no se vuele, ponga los pies en la tierra". Dios es eterno, para Dios no existe el tiempo, Dios es Dios de lo imposible, y si Él quiere darnos a nosotros este honor así será; estoy absolutamente convencido de que Dios está preparando en este tiempo, en esta generación, en nuestras congregaciones, a los músicos y cantores que l
e adorarán por toda eternidad ¡Aleluya!.
¡Despierta hermano: las personas bajo nuestro cargo han sido llamadas por Dios para ministrarle por toda la eternidad!, ¡Gloria a Dios!.
Es cierto que Dios no necesita ayuda para nada, es cierto que Dios es lo suficientemente poderoso como para imponer su voluntad, pero ¿sabe?, Dios anhela ver en nosotros una total disposición para que su voluntad pueda ser llevada a cabo, de manera que nuestra disponibilidad también esté a su servicio.
¿Porqué?, porque muchas veces nos dejamos llevar por la emoción de saber que Dios nos ha llamado a su ministerio y nuestra boca pronuncia promesas hasta el punto que a la hora de enfrentarnos a su mandato, recién le tomamos el pulso a lo prometido, y nuestra total disposición se desvanece ante nuestra poca disponibilidad.
Lo que pasa es que no medimos el alcance de lo que prometemos, Dios realmente nos ha llamado para cosas grandes, y aún no lo podemos creer, aún no podemos convencernos que esto sea una realidad.
Si esto nos ocurre a nosotros, piense con cuánta mayor frecuencia puede estarle sucediendo a nuestros músicos y cantores.
Es posible que a nuestro parecer no veamos en ellos una proyección en las cosas del Señor, pero recuerde que nosotros vemos solo caras, pero Dios mira el corazón, y estoy seguro que Dios aprecia mil veces más a un levita de no mucha excelencia musical pero de un corazón dispuesto a hacer su voluntad, que a un excelente músico o cantor, pero de carácter poco moldeable y con escaso sentido del sometimiento.
Lo que sucede es que a nuestra lógica manera de enfrentar el desafío de formar un buen ministerio musical, en nuestra congregación, intentamos buscar los mejores talentos y no a las mejores personas.
Dios no escogió a la tribu de Leví porque eran los mejores músicos ni los más trabajadores en el apoyo de la obra, no, simplemente Él escogió a una tribu para que se encargara exclusivamente de la obra del ministerio, aún habiendo posiblemente mejores músicos en otras tribus (recuerde que David era de la tribu de Judá), pero a Dios le agradó la tribu de Leví para este ministerio.
Si aquellos necesitaban instrucción Él ya había considerado esa posibilidad y Él proveería los talentos y habilidades, solo requería corazones dispuestos.
Nada más.
No escatime en esfuerzos por lograr afianzar al ministerio musical de su congregación, haga todo cuanto esté a su alcance por unirlos en un solo espíritu para la alabanza y adoración, no propicie ni acepte divisiones argumentando otro tipo de música u otro tipo de manifestaciones.
La palabra Leví significa unido, atado, ligado, por lo cual no podemos aceptar que se pueda trabajar sin estar unidos, su nombre lo dice: deben estar juntos, y pueden y deben trabajar en armonía.
Si persiste este concepto de separación, es seguramente que nuestros músicos y cantores no pertenecen a la tribu de Leví y aunque son buenos músicos y buenos cantores ellos no han sido llamados por Dios para ministrar. Así de simple. Piénselo, es una realidad.
El ejemplo dado por Dios al designar a una tribu para las labores propias del templo, es sin lugar a dudas, la base para enfrentar nosotros la labor encomendada de buscar a los levitas dispersos en nuestras congregaciones y reagruparlos y capacitarlos para la obra del ministerio, sabiendo que Dios proveerá las habilidades y talentos necesarios para su buen desempeño, no nos engañemos buscando buenos "artistas", pues, el potencial que Dios sembró en cada uno de sus elegidos, será más que suficiente para restaurar “el tabernáculo caído de David”.
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