Muchas veces que leí proverbios 31:10-31 me sentí agobiada por el ejemplo de esta mujer: buena para los negocios, las manualidades, atenta de las necesidades de los suyos, increíblemente trabajadora, hacendosa, generosa, creativa, caritativa, sabia, amorosa y por si fuera poco ¡delgada! Pues dice que no come el pan de balde.
Esto más que inspirador, podría ser una invitación al suicidio de una mujer común y corriente que batalla diariamente con hijos, trabajo, crisis económica, falta de ayuda doméstica y encima de todo, la presión cultural de lucir fresca, bella y relajada para cuando llega el esposo a casa.
Este iluso rey Salomón, seguramente hizo un collage de sus mil concubinas y creó a la mujer ideal, como quien hace una imagen perfecta por computadora.
No conforme con eso, Salomoncito se avienta la puntada de añadir al dechado de virtudes de esta semi-diosa una que ni siquiera depende de ella, sino de la percepción de terceros, que para colmo, son su esposo y sus hijos cuando dice “Sus hijos se levantan y la felicitan; también su esposo la alaba”.
¡Esto ya es el colmo! Todos sabemos que fuera de casa podemos aparentar ser super mujeres. Quizá baste con llenarnos de actividades, correr de un lado a otro todo el día con los hijos, someternos a dietas excesivas, comprarnos una buena crema “arrasa efectos del envejecimiento y cansancio” y listo: nos convertimos en la versión moderna de la mujer virtuosa de Salomón.
Pero eso de: “sus hijos y su esposo la llaman bienaventurada”….eso ¡es imposible de imitar!
Siempre fue un misterio para mí por qué para ser la imagen de la mujer virtuosa que la Biblia nos da, estaba implícita la arbitraria opinión de los de casa, que casualmente, son nuestros más severos jueces y verdugos.
Estas justificaciones volaban en mi mente hasta que una tarde, leyendo detenidamente esta frustrante descripción, encontré lo que podría ser una pista secreta para tan difícil reto: “Le es fuente de bien, no de mal todos los días de su vida” (vers. 12).
Tuve que reconocer con tristeza que yo no era fuente de bien para mi esposo “todos los días”. Podía decir que “la mayoría de los días” sí, pero TODOS, es un tanto exagerado ¿no? Para empezar, no estoy de acuerdo con mi esposo en TODO lo que hace.
Esto me llevó a una premisa aún más complicada: ¿Cómo puedo ser fuente de bien para mi esposo aún cuando no estoy de acuerdo con lo que hace?
Lo malo de hacer preguntas a Dios, es que generalmente nos responde.
Y lo hizo, guiando mi mirada al versículo 26: “Cuando habla, lo hace con sabiduría; cuando instruye, lo hace con amor” (-¡tómala!- cómo dicen mis hijos).
Esto me dejó sin palabras. Literalmente SIN PALABRAS, porque me di cuenta que la mayoría de las veces que quería decir algo, éstas carecían de sabiduría y de amor.
Casi como un experimento me dije a mi misma: -lo intentaré.
Pondré en práctica en mi familia este sencillo versículo con tal de alcanzar el calificativo de mujer virtuosa. Los primeros días, fueron tan silenciosos que mis hijos y mi esposo me miraban extrañados -¿estás enferma?- Los siguientes, fueron una lección profunda en mi vida.
Conforme pasaban los días, Dios me hablaba con suavidad pero con firmeza y su mensaje era contundente: -Hija, necesitas tener más palabras de reafirmación para tu familia- Me di cuenta que a veces, confundía mi papel de madre y esposa con el de cuidadora, policía y casi carcelera.
–Haz esto, deberías hacer lo otro, no has hecho aquello, por qué no hiciste lo de más allá- y todas mis palabras se me iban en correcciones y críticas muchas veces exageradas o innecesarias.
Tal vez este sencillo recurso de la mujer de proverbios, tiene el potencial de acercarnos más al corazón de nuestro esposo e hijos de lo que creemos: hablar menos y cuando lo hagamos, asegurarnos que nuestras palabras estén llenas de amor y sabiduría.
Quizá con esto logremos algún día que los de casa se levanten y nos digan: “Muchas mujeres han realizado proezas, pero tú las superas a todas”.
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